Adiós al petróleo

Qué sé yo. Me cansé. Vendo el coche y me compro una vaca porque me desperté así, con la ilusión de montar vaca, y por eso vendo, vendo. Y nada de permutas, que yo de tonto solo tengo la confianza en los extraños, cualquiera sabe que un kilo de Peugeot siempre será más caro que un kilo de matambre, venga el primero con airbag, venga el segundo con pizza.

Tentar a otros a que lo hagan. ¿No estaría bien? Ya nos veo por ahí por las calles a nosotros los modernos, entre Audis pasados de moda y otras chucherías precámbricas, hasta el esternón de vanidad y fama sobre nuestros cebúes gibosos, sobre alguna criolla destetada, invento argentino más romántico —y veloz— que el Torino o la Siambretta; pues doy fe de que la velocidad es relativa cuando hay paciencia para esperar lo imposible, como por ejemplo que algún otro adhiera a esto de la tracción a sangre por elección, mas nunca por obligación (ver carros, ver villas).

Vendo. Compro.

Y que digan lo que quieran. No pienso cambiar de parecer.

Me planto.

Apoyemos la propulsión ecológica. ¡Viva la bosta, que no contamina!

Monte a pelo usted, monte a pelo yo, monte a pelo él, ella, montemos todos, todos a pelo o a lampiño siempre y cuando la montura no incluya caballo (ver carros, ver villas) ni burro, solamente vaca, exclusiva vaca cuya autonomía —me lo estoy inventado, pero seguro que acierto, porque quiero vaca— ha de estar en el orden de los cien kilómetros por cada cinco kilos de yuyos sin malezas, con buen tiempo, claro, nada de viento en contra y sin pisarla demasiado.

Querrán prenderme fuego los fierreros con tanta revolucionaria propuesta. No les tengo miedo.Si quieren venir, que vengan, no les daré batalla, pero, eso sí, estoy dispuesto a defender el asado resultante con los dientes.